Llueve en la isla, y es esta una lluvia diferente (como diferentes son, aquí, ya lo hablaremos, las auroras, los ocasos y todos los requiebros de la naturaleza).
Se va cubriendo el cielo, por minutos. Asoma a la cabeza una nubecilla tímida, raída, que viene como tanteando el territorio. Sigue detrás todo un ejército de cúmulos, que van apelmazándose a conciencia y trocando azul por gris hasta que no queda un palmo... Por un gris panza de burro.
(Es el albor de una tormenta mansa, lenta, como de protocolo. Tiene el observador la sensación afortunada de que vienen las nubes, casi civilizadas, igual que una quesera que cubriera la tierra)...
Entonces, el silencio. Hasta en la superficie del mar se hace el silencio (lisa, sin un soplo de viento, muda hasta el latir de un cabo en el mástil de un velero). Y de pronto, de una manera casi imperceptible, sutilmente la lluvia... que va arrancando, lenta, de nuevo el movimiento, el brillo, los aromas. La música que encierran las cosas en la isla.
Llueve en la isla, y es esta
una lluvia diferente.
Se va cubriendo el cielo, por minutos. Asoma a la cabeza una nubecilla tímida, raída, que viene como tanteando el territorio. Sigue detrás todo un ejército de cúmulos, que van apelmazándose a conciencia y trocando azul por gris hasta que no queda un palmo... Por un gris panza de burro.
(Es el albor de una tormenta mansa, lenta, como de protocolo. Tiene el observador la sensación afortunada de que vienen las nubes, casi civilizadas, igual que una quesera que cubriera la tierra)...
Entonces, el silencio. Hasta en la superficie del mar se hace el silencio (lisa, sin un soplo de viento, muda hasta el latir de un cabo en el mástil de un velero). Y de pronto, de una manera casi imperceptible, sutilmente la lluvia... que va arrancando, lenta, de nuevo el movimiento, el brillo, los aromas. La música que encierran las cosas en la isla.
Llueve en la isla, y es esta
una lluvia diferente.
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