sábado, 7 de abril de 2012

Cercarse de agua por todas partes es sin duda mi preferida. Tan sugerente… Tan certera… Tan descarnadamente precisa.
Embarcarse al anochecer,  a cientos de kilómetros ya del punto de partida. Arrojarse a un mar sereno, preñado de noche y preñado de siglos. Respirar la humedad metálica de la cubierta hasta la extenuación, dejarse caer de tanto en tanto en una butaca ajada, en algún rincón de la moqueta, venciendo un sueño febril, deslavazado, urgente. Sorprender al fin, a través de la sal de los cristales, la cadencia taimada de un faro que te da la bienvenida, el alba recortando la silueta de una tierra que no es la que dejaste, arrebatando poco a poco las formas a la noche, sembrando lentamente aquí y allá la vida (esa vida que quedó suspendida horas atrás, millas atrás, en un punto ya ahora tan lejano): la espuma de las olas, la cal blanquísima del puerto... Y todo parece que vuelve a su lugar, pero el lugar ya es otro.
Pisar de nuevo tierra firme. Cercado de agua por todas partes.

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