domingo, 31 de marzo de 2013

Renace abril

En las noches que preceden a un viaje siempre falta el sueño. Así ha sido esta vez, también. Se dispara la memoria como un carrete de hilo de pescar cuando un pez gordo nos muerde en un descuido; lo mismo que un ovillo de lana que se escurre del regazo, en un descuido. Esta noche corta de luna tan redonda ha resultado larga. Y he pasado calor, por primera vez.
La ciudad (mi ciudad, que dejo atrás de tanto en tanto en un lento aprendizaje del amor a las ciudades) me ha despedido completamente oscura, tan oscura como nunca la vi antes. Esa hora escamoteada ha sorprendido, bien seguro, a quien se encargue de prendernos las farolas cada noche.
Despuntaba el primer rayo, entre una bruma espesa, justo cuando he dejado atrás las últimas grúas del puerto de Valencia. Y ha destellado en la memoria no sé qué recuerdo de cuando regresé, también al alba, de Menorca. De Menorca.
El camino ha sido fácil: me he deslizado siguiendo la línea del Meditarráneo; luego, en un momento dado, he tomado la tangente tierra adentro… Conservo solo algunas estampas claras (en los viajes largos tiendo a desconectar de lo real y divago atronado por esa música de la que mi querida Alba abomina): la curva desolada de La Font de la Figuera, los almendros (de nata, Orihuela) floreciendo, las interminables rectas de asfalto en Alicante; el castillo de Sax, erguido al filo de la roca… Murcia allá abajo... La lluvia suave que de pronto es chaparrón y en seguida en niebla espesa… El mar de invernaderos de Almería, los bancales trepando entre la niebla; de repente, algún cortijo… Las ruedas de los coches salpicando mis cristales. Bienvenido a Andalucía, ya provincia de Granada… Mucha lluvia. Las tímidas laderas nevadas de la sierra (en un descuido de tormenta), y más lluvia…  Al fin, pendiente abajo, esta ciudad saliendo a flote como un nenúfar en lo húmedo. Este barrio de paredes encaladas y verdín. Y estos balcones que se asoman a la Alhambra.
Por la ventana abierta, ahora (aunque hace frío), entra algún eco del sol de esta tarde postergada, un trino de gorriones… y los últimos tañidos de campana del domingo de resurrección.
Alegoría pura.

viernes, 27 de abril de 2012

Se hacía esperar.
De pronto, hoy, la primavera en la isla. Repentina, casi a golpe de pistola... Atracando a mano armada este banco insular de sensaciones, se ha llevado encañonadas a la lluvia (esa lluvia prodigiosa), a las tormentas, a la tramontana impenitente…
Acabado está el tiempo del preludio. La primavera, en la isla. Un despertar en tres actos:
1) Obviando esa predisposición natural a la primavera de la vida que es burlar a la rutina deslizándose a la calle al albor de la jornada (que es poner fin a una guardia, al fin y al cabo); obviando ese prisma afortunado… la primavera venía ya anunciada esta mañana (bien lejos hoy de los catálogos de moda) en un sol que ha mutado de consolador a tibio. Cien pasos han bastado (los cien pasos hasta el coche) para despertar bajo la ropa (adecuada, hasta ayer) esa intranquilidad que exige muda.
2) Efectivamente, el sol. Y ese aroma a pasto fresco al bajar las ventanillas. Dentro suena Antonio Vega (que siempre otorga a la vida proporciones formidables) y afuera, en cinemascope, a través de los cristales: cinco plátanos frondosos (a la puerta de un colegio, privilegiado colegio que custodia este camino), las cunetas anegadas de flores malvas (¿qué son?), una curva, y otra curva, y tras cada curva un mundo… los pastos verdes (de hecho) y las vacas a sus anchas, una nube de vencejos que parece que nos sigue, una alquería (tan blanca, bajo el sol tibio de ahora)… Yo conozco este camino, y me parece tan nuevo… Ribetes de flores blancas, una encina, un acebuche... Paisaje lunar, de pronto (yo conozco este camino, pero ahora, en primavera…) Al fondo el faro, y abajo… azul, el mar que me aísla. Acepto la invitación. Bautismo de primavera. En el alma, sal… y sol.
3) Conduzco despacio a casa tras veintimuchas horas ausente. Se ha secado la ropa en el terrado, llega el sol de mediodía a la terraza, hay gazpacho preparado en la nevera…
Recojo todas las mantas. Abro todas las ventanas. Descorcho el vino de Rueda.
Se hacía esperar. Y de pronto…       

martes, 10 de abril de 2012



Llueve en la isla, y es esta una lluvia diferente (como diferentes son, aquí, ya lo hablaremos, las auroras, los ocasos y todos los requiebros de la naturaleza).


Se va cubriendo el cielo, por minutos. Asoma a la cabeza una nubecilla tímida, raída, que viene como tanteando el territorio. Sigue detrás todo un ejército de cúmulos, que van apelmazándose a conciencia y trocando azul por gris hasta que no queda un palmo... Por un gris panza de burro.


(Es el albor de una tormenta mansa, lenta, como de protocolo. Tiene el observador la sensación afortunada de que vienen las nubes, casi civilizadas, igual que una quesera que cubriera la tierra)...


Entonces, el silencio. Hasta en la superficie del mar se hace el silencio (lisa, sin un soplo de viento, muda hasta el latir de un cabo en el mástil de un velero). Y de pronto, de una manera casi imperceptible, sutilmente la lluvia... que va arrancando, lenta, de nuevo el movimiento, el brillo, los aromas. La música que encierran las cosas en la isla.


Llueve en la isla, y es esta
una lluvia diferente.

sábado, 7 de abril de 2012

Cercarse de agua por todas partes es sin duda mi preferida. Tan sugerente… Tan certera… Tan descarnadamente precisa.
Embarcarse al anochecer,  a cientos de kilómetros ya del punto de partida. Arrojarse a un mar sereno, preñado de noche y preñado de siglos. Respirar la humedad metálica de la cubierta hasta la extenuación, dejarse caer de tanto en tanto en una butaca ajada, en algún rincón de la moqueta, venciendo un sueño febril, deslavazado, urgente. Sorprender al fin, a través de la sal de los cristales, la cadencia taimada de un faro que te da la bienvenida, el alba recortando la silueta de una tierra que no es la que dejaste, arrebatando poco a poco las formas a la noche, sembrando lentamente aquí y allá la vida (esa vida que quedó suspendida horas atrás, millas atrás, en un punto ya ahora tan lejano): la espuma de las olas, la cal blanquísima del puerto... Y todo parece que vuelve a su lugar, pero el lugar ya es otro.
Pisar de nuevo tierra firme. Cercado de agua por todas partes.

viernes, 6 de abril de 2012



Aislar.
(De isla).
1. tr. Dejar algo solo y separado de otras cosas. U. t. c. prnl.
2. tr. Apartar a alguien de la comunicación y trato con los demás. U. m. c. prnl.
3. tr. Impedir el paso o la transmisión de la electricidad, el calor, el sonido, la humedad, etc. Material que aísla del frío. Aislar los cables eléctricos.
4. tr. Abstraer, apartar los sentidos o la mente de la realidad inmediata. U. m. c. prnl.
5. tr. Quím. Separar un elemento o un cuerpo de una combinación o del medio en que se halla, generalmente para identificarlo o analizarlo.
6. tr. p. us. Cercar de agua por todas partes. U. t. c. prnl.