En las noches que preceden a un viaje siempre falta el sueño. Así ha sido esta vez, también. Se dispara la memoria como un carrete de hilo de pescar cuando un pez gordo nos muerde en un descuido; lo mismo que un ovillo de lana que se escurre del regazo, en un descuido. Esta noche corta de luna tan redonda ha resultado larga. Y he pasado calor, por primera vez.
La ciudad (mi ciudad, que dejo atrás de tanto en tanto en un lento aprendizaje del amor a las ciudades) me ha despedido completamente oscura, tan oscura como nunca la vi antes. Esa hora escamoteada ha sorprendido, bien seguro, a quien se encargue de prendernos las farolas cada noche.
Despuntaba el primer rayo, entre una bruma espesa, justo cuando he dejado atrás las últimas grúas del puerto de Valencia. Y ha destellado en la memoria no sé qué recuerdo de cuando regresé, también al alba, de Menorca. De Menorca.
El camino ha sido fácil: me he deslizado siguiendo la línea del Meditarráneo; luego, en un momento dado, he tomado la tangente tierra adentro… Conservo solo algunas estampas claras (en los viajes largos tiendo a desconectar de lo real y divago atronado por esa música de la que mi querida Alba abomina): la curva desolada de La Font de la Figuera, los almendros (de nata, Orihuela) floreciendo, las interminables rectas de asfalto en Alicante; el castillo de Sax, erguido al filo de la roca… Murcia allá abajo... La lluvia suave que de pronto es chaparrón y en seguida en niebla espesa… El mar de invernaderos de Almería, los bancales trepando entre la niebla; de repente, algún cortijo… Las ruedas de los coches salpicando mis cristales. Bienvenido a Andalucía, ya provincia de Granada… Mucha lluvia. Las tímidas laderas nevadas de la sierra (en un descuido de tormenta), y más lluvia… Al fin, pendiente abajo, esta ciudad saliendo a flote como un nenúfar en lo húmedo. Este barrio de paredes encaladas y verdín. Y estos balcones que se asoman a la Alhambra.
Por la ventana abierta, ahora (aunque hace frío), entra algún eco del sol de esta tarde postergada, un trino de gorriones… y los últimos tañidos de campana del domingo de resurrección.
Alegoría pura.